LA NOVELA DEL 50 A NUESTROS DÍAS
Los 50 y 60: Novela Social (mejora,
protagonista colectivo, objetividad, importancia de diálogos)
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La
Colmena de Cela (300 personajes 44 reaparecen, no hay argumento ni
desenlace; secuencias breves – Sociedad Madrid invierno del 42.
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En los 60 se sigue experimentando. Tiempo de
Silencio de Luis Martín Santos (joven médico, en asuntos turbios), denuncia
social, bajos fondos madrileños; técnicas narrativas nuevas: monólogo interior
y perspectivismo
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Cinco
horas con Mario de Miguel Delibes (monólogo interior de
Carmen).
Los 70: Con la democracia la novela
relajará sus intenciones sociales y será más individualista.
- EDUARDO
MENDOZA, La verdad sobre el caso
Savolta (gº policiaco, histórico, perspectivismo…) Hª de intriga en
luchas obreras de Barcelona de 1917, Javier Miranda –humilde abogado que
investiga muerte de amigo Pajarito Soto y que colabora sin querer en líos
turbios de Lepprince de la empresa Savolta).
De los 80 a hoy: variedad de
tendencias.
- Protagonistas
inseguros y perdidos en un mundo hostil (supervivencia con individualismo)
- Narración
más tradicional.
a)
NOVELA POLICIACA: (xx) Conan Doyle (Sherlock Holmes) y Agatha Christie
(Hércules Poirot) pasó al cine. Manuel Vázquez Montalbán (Pepe Carvalho).
b)
NOVELA AUTOBIOGRÁFICA O AUTOFICCIÓN: Antonio Muñoz Molina y Javier Marías
c)
NOVELA HISTÓRICA: (antecedente: Galdós y Walter Scott). Delibes, Arturo
Pérez-Reverte –Ala Triste-). Sobre la Guerra Civil (Muñoz Molina)
d)
NEORREALISTA / METANOVELA / LÍRICA
C) Otros narradores: Ana Mª
Matute, Juan Marsé, Almudena Grandes, Juan José Millás....
ANTOLOGÍA DE TEXTOS
ALMUDENA GRANDES
Salieron a la calle a las diez y treinta y dos
minutos de una mañana de junio soleada, calurosa.
Como todos los sábados, se separaron sin despedirse ante el
portal de su casa. Él fue al garaje, a recoger el coche, y ella se quedó
esperando con la maleta, la nevera portátil, un cesto de paja lleno de envases
con comida preparada, la jaula del canario y el perro de su marido.
A las diez y treinta y siete miró el reloj. Su marido se
estaría ajustando ya el cinturón. Aún no habían tenido hijos. Él era partidario
de disfrutar de la vida todavía unos años más.
A las diez y cuarenta y dos, el coche no había salido del
garaje, pero el perro se había meado en medio de la acera. Ella lo miró con
repugnancia. No le gustaban los perros y no entendía por qué se retrasaba tanto
su marido.
A las diez y cuarenta y nueve empezó a sudar. Ya faltaría
poco para poder freír huevos en el tejado de pizarra de la casita que tenían en
la sierra. Y la caravana de ida. Y la de vuelta. Y los mosquitos. Y su suegra.
Y la paella de su suegra. A ella le gustaba más la playa, pero sus preferencias
no la eximían de pagar a fin de mes la mitad de cada cuota de la hipoteca. Él
no daba señales de vida todavía.
A las diez y cincuenta y tres, las salmonelas, cualquier cosa
que fueran, estarían ya empezando a bailar flamenco en la mayonesa de la
ensaladilla rusa. Ella decidió que no la probaría. En cuanto a su marido,
parecía que se lo hubiera tragado la tierra.
A las once en punto no había aparecido aún. A lo mejor el
coche tenía una avería. Aunque también lo habían pagado a medias, a ella le dio
la risa solo de pensarlo.A las once y seis minutos se le ocurrió que
quizás él no volviera nunca. Entonces apiló todo su equipaje contra el portal,
dejó al perro atado a un poste y se fue a El Corte Inglés. Hacía mucho tiempo
que no estaba tan contenta.
ANA Mª MATUTE, La
rama seca
Apenas tenía seis años y aún no la llevaban al campo. Era por el
tiempo de la siega, con un calor grande, abrasador, sobre los senderos. La
dejaban en casa, cerrada con llave, y le decían:
-Que seas
buena, que no alborotes: y si algo te pasara, asómate a la ventana y llama a
doña Clementina.
Ella decía
que sí con la cabeza. Pero nunca le ocurría nada, y se pasaba el día sentada al
borde de la ventana, jugando con “Pipa”.
Doña
Clementina la veía desde el huertecillo. Sus casas estaban pegadas la una a la
otra, aunque la de doña Clementina era mucho más grande, y tenía, además, un
huerto con un peral y dos ciruelos. Al otro lado del muro se abríael ventanuco
tras el cual la niña se sentaba siempre. A veces, doña Clementina levantaba los
ojos de su costura y la miraba.
-¿Qué haces,
niña?
La niña tenía
la carita delgada, pálida, entre las flacas trenzas de un negro mate.
-Juego con
“Pipa” -decía.
Doña
Clementina seguía cosiendo y no volvía a pensar en la niña. Luego, poco a poco,
fue escuchando aquel raro parloteo que le llegaba de lo alto, a través de las
ramas del peral. En su ventana, la pequeña de los Mediavilla se pasaba el día
hablando, al parecer, con alguien.
-¿Con quién
hablas, tú?
-Con “Pipa”.
Doña
Clementina, día a día, se llenó de una curiosidad leve, tierna, por la niña y
por “Pipa”. Doña Clementina estaba casada con don Leoncio, el médico. Don
Leoncio era un hombre adusto y dado al vino, que se pasaba el día renegando de
la aldea y de sus habitantes. No tenían hijos y doña Clementina estaba ya hecha
a su soledad. En un principio, apenas pensaba en aquella criatura, también
solitaria, que se sentaba al alféizar de la ventana. Por piedad la miraba de
cuando en cuando y se aseguraba de que nada malo le ocurría. La mujer
Mediavilla se lo pidió:
-Doña Clementina,
ya que usted cose en el huerto por las tardes, ¿querrá echar de cuando en
cuando una mirada a la ventana, por si le pasara algo a la niña? Sabe usted, es
aún pequeña para llevarla a los pagos…
-Sí, mujer,
nada me cuesta. Marcha sin cuidado…
Luego, poco a
poco, la niña de los Mediavilla y su charloteo ininteligible, allá arriba,
fueron metiéndosele pecho adentro.
-Cuando
acaben con las tareas del campo y la niña vuelva a jugar en la calle, la echaré
a faltar -se decía.
2
Un día, por
fin, se enteró de quién era “Pipa”.
-La muñeca
-explicó la niña.
-Enséñamela…
La niña
levantó en su mano terrosa un objeto que doña Clementina no podía ver
claramente.
-No la veo,
hija. Échamela…
La niña
vaciló.
-Pero luego,
¿me la devolverá?
-Claro está…
La niña le
echó a “Pipa” y doña Clementina, cuando la tuvo en sus manos, se quedó
pensativa. “Pipa” era simplemente una ramita seca envuelta en un trozo de
percal sujeto con un cordel. Le dio la vuelta entre los dedos y miró con cierta
tristeza hacia la ventana. La niña la observaba con ojos impacientes y extendía
las dos manos.
-¿Me la echa,
doña Clementina…?
Doña
Clementina se levantó de la silla y arrojó de nuevo a “Pipa” hacia la ventana.
“Pipa” pasó sobre la cabeza de la niña y entró en la oscuridad de la casa. La
cabeza de la niña desapareció y al cabo de un rato asomó de nuevo, embebida en
su juego.
Desde aquel
día doña Clementina empezó a escucharla. La niña hablaba infatigablemente con
“Pipa”.
-“Pipa”, no
tengas miedo, estate quieta. ¡Ay, “Pipa”, cómo me miras! Cogeré un palo grande
y le romperé la cabeza al lobo. No tengas miedo, “Pipa”… Siéntate, estate
quietecita, te voy a contar, el lobo está ahora escondido en la montaña…
La niña
hablaba con “Pipa” del lobo, del hombre mendigo con su saco lleno de gatos
muertos, del horno del pan, de la comida. Cuando llegaba la hora de comer la
niña cogía el plato que su madre le dejó tapado, al arrimo de las ascuas. Lo
llevaba a la ventana y comía despacito, con su cuchara de hueso. Tenía a “Pipa”
en las rodillas, y la hacía participar de su comida.
-Abre la
boca, “Pipa”, que pareces tonta…
Doña
Clementina la oía en silencio. La escuchaba, bebía cada una de sus palabras.
Igual que escuchaba al viento sobre la hierba y entre las ramas, la algarabía
de los pájaros y el rumor de la acequia.
3
Un día, la
niña dejó de asomarse a la ventana. Doña Clementina le preguntó a la mujer
Mediavilla:
-¿Y la
pequeña?
-Ay, está
delicá, sabe usted. Don Leoncio dice que le dieron las fiebres de Malta.
-No sabía
nada…
Claro, ¿cómo
iba a saber algo? Su marido nunca le contaba los sucesos de la aldea.
-Sí -continuó
explicando la Mediavilla-. Se conoce que algún día debí dejarme la leche sin
hervir… ¿sabe usted? ¡Tiene una tanto que hacer! Ya ve usted, ahora, en tanto
se reponga, he de privarme de los brazos de Pascualín.
Pascualín
tenía doce años y quedaba durante el día al cuidado de la niña. En realidad,
Pascualín salía a la calle o se iba a robar fruta al huerto vecino, al del cura
o al del alcalde. A veces, doña Clementina oía la voz de la niña que llamaba.
Un día se decidió a ir, aunque sabía que su marido la regañaría.
La casa era
angosta, maloliente y oscura. Junto al establo nacía una escalera, en la que se
acostaban las gallinas. Subió, pisando con cuidado los escalones apolillados
que crujían bajo su peso. La niña la debió oír, porque gritó:
-¡Pascualín!
¡Pascualín!
Entró en una
estancia muy pequeña, a donde la claridad llegaba apenas por un ventanuco
alargado. Afuera, al otro lado, debían moverse las ramas de algún árbol, porque
la luz era de un verde fresco y encendido, extraño como un sueño en la
oscuridad. El fajo de luz verde venía a dar contra la cabecera de la cama de
hierro en que estaba la niña. Al verla, abrió más sus párpados entornados.
-Hola,
pequeña -dijo doña Clementina-. ¿Qué tal estás?
La niña
empezó a llorar de un modo suave y silencioso. Doña Clementina se agachó y
contempló su carita amarillenta, entre las trenzas negras.
-Sabe usted
-dijo la niña-, Pascualín es malo. Es un bruto. Dígale usted que me devuelva a
“Pipa”, que me aburro sin “Pipa”…
Seguía
llorando. Doña Clementina no estaba acostumbrada a hablar a los niños, y algo
extraño agarrotaba su garganta y su corazón.
Salió de
allí, en silencio, y buscó a Pascualín. Estaba sentado en la calle, con la
espalda apoyada en el muro de la casa. Iba descalzo y sus piernas morenas,
desnudas, brillaban al sol como dos piezas de cobre.
-Pascualín
-dijo doña Clementina.
El muchacho
levantó hacia ella sus ojos desconfiados. Tenía las pupilas grises y muy juntas
y el cabello le crecía abundante como a una muchacha, por encima de las orejas.
-Pascualín,
¿qué hiciste de la muñeca de tu hermana? Devuélvesela.
Pascualín
lanzó una blasfemia y se levantó.
-¡Anda! ¡La
muñeca dice! ¡Aviaos estamos!
Dio media
vuelta y se fue hacia la casa, murmurando.
Al día
siguiente, doña Clementina volvió a visitar a la niña. En cuanto la vio, como
si se tratara de una cómplice, la pequeña le habló de “Pipa”:
-Que me
traiga a “Pipa”, dígaselo usted, que la traiga…
El llanto
levantaba el pecho de la niña, le llenaba la cara de lágrimas, que caían
despacio hasta la manta.
-Yo te voy a
traer una muñeca, no llores.
Doña
Clementina dijo a su marido, por la noche:
-Tendría que
bajar a Fuenmayor, a unas compras.
-Baja
-respondió el médico, con la cabeza hundida en el periódico.
4
A las seis de
la mañana doña Clementina tomó el auto de línea, y a las once bajó en
Fuenmayor. En Fuenmayor había tiendas, mercado, y un gran bazar llamado “El
Ideal”. Doña Clementina llevaba sus pequeños ahorros envueltos en un pañuelo de
seda. En “El Ideal” compró una muñeca de cabello crespo y ojos redondos y
fijos, que le pareció muy hermosa. “La pequeña va a alegrarse de veras”, pensó.
Le costó más cara de lo que imaginaba, pero pagó de buena gana.
Anochecía ya
cuando llegó a la aldea. Subió la escalera y, algo avergonzada de sí misma,
notó que su corazón latía fuerte. La mujer Mediavilla estaba ya en casa,
preparando la cena. En cuanto la vio alzó las dos manos.
-¡Ay, usté,
doña Clementina! ¡Válgame Dios, ya disimulará en qué trazas la recibo! ¡Quién
iba a pensar…!
Cortó sus
exclamaciones.
-Venía a ver
a la pequeña, le traigo un juguete…
Muda de
asombro la Mediavilla la hizo pasar.
-Ay, cuitada,
y mira quién viene a verte…
La niña
levantó la cabeza de la almohada. La llama de un candil de aceite, clavado en
la pared, temblaba, amarilla.
-Mira lo que
te traigo: te traigo otra “Pipa”, mucho más bonita.
Abrió la caja
y la muñeca apareció, rubia y extraña.
Los ojos
negros de la niña estaban llenos de una luz nueva, que casi embellecía su
carita fea. Una sonrisa se le iniciaba, que se enfrió en seguida a la vista de
la muñeca. Dejó caer de nuevo la cabeza en la almohada y empezó a llorar
despacio y silenciosamente, como acostumbraba.
-No es “Pipa”
-dijo-. No es “Pipa”.
La madre
empezó a chillar:
-¡Habrase
visto la tonta! ¡Habrase visto, la desagradecida! ¡Ay, por Dios, doña
Clementina, no se lo tenga usted en cuenta, que esta moza nos ha salido
retrasada…!
Doña
Clementina parpadeó. (Todos en el pueblo sabían que era una mujer tímida y
solitaria, y le tenían cierta compasión).
-No importa,
mujer -dijo, con una pálida sonrisa-. No importa.
Salió. La
mujer Mediavilla cogió la muñeca entre sus manos rudas, como si se tratara de
una flor.
-¡Ay, madre,
y qué cosa más preciosa! ¡Habrase visto la tonta ésta…!
Al día
siguiente doña Clementina recogió del huerto una ramita seca y la envolvió en
un retal. Subió a ver a la niña:
-Te traigo a
tu “Pipa”.
La niña
levantó la cabeza con la viveza del día anterior. De nuevo, la tristeza subió a
sus ojos oscuros.
-No es
“Pipa”.
Día a día,
doña Clementina confeccionó “Pipa” tras “Pipa”, sin ningún resultado. Una gran
tristeza la llenaba, y el caso llegó a oídos de don Leoncio.
-Oye, mujer:
que no sepa yo de más majaderías de ésas… ¡Ya no estamos, a estas alturas, para
andar siendo el hazmerreír del pueblo! Que no vuelvas a ver a esa muchacha: se
va a morir, de todos modos…
-¿Se va a
morir?
-Pues claro,
¡que remedio! No tienen posibilidades los Mediavilla para pensar en otra cosa…
¡Va a ser mejor para todos!
5
En efecto, apenas
iniciado el otoño, la niña se murió. Doña Clementina sintió un pesar grande,
allí dentro, donde un día le naciera tan tierna curiosidad por “Pipa” y su
pequeña madre.
6
Fue a la
primavera siguiente, ya en pleno deshielo, cuando una mañana, rebuscando en la
tierra, bajo los ciruelos, apareció la ramita seca, envuelta en su pedazo de
percal. Estaba quemada por la nieve, quebradiza, y el color rojo de la tela se
había vuelto de un rosa desvaído. Doña Clementina tomó a “Pipa” entre sus
dedos, la levantó con respeto y la miró, bajo los rayos pálidos del sol.
-Verdaderamente-
se dijo-. ¡Cuánta razón tenía la pequeña! ¡Qué cara tan hermosa y triste tiene
esta muñeca!
Como todos los sábados, se separaron sin despedirse ante el portal de su casa. Él fue al garaje, a recoger el coche, y ella se quedó esperando con la maleta, la nevera portátil, un cesto de paja lleno de envases con comida preparada, la jaula del canario y el perro de su marido.
A las diez y treinta y siete miró el reloj. Su marido se estaría ajustando ya el cinturón. Aún no habían tenido hijos. Él era partidario de disfrutar de la vida todavía unos años más.
A las diez y cuarenta y dos, el coche no había salido del garaje, pero el perro se había meado en medio de la acera. Ella lo miró con repugnancia. No le gustaban los perros y no entendía por qué se retrasaba tanto su marido.


