LISISTRATA DE ARISTÓFANES
Personajes
LISÍSTRATA, mujer ateniense.
CLEONICE, su vecina.
MÍRRINA, otra ateniense.
LAMPITO, mujer espartana.
CORO DE ANCIANOS.
CORO DE MUJERES.
EL COMISARIO ATENIENSE.
MUJER l.a MUJER 2.a
MUJER 3.a
MUJER 4.a
CINESIAS, marido de Mírrina.
EL HIJO DE CINESIAS.
EL HERALDO ESPARTANO.
EL PRÍTANIS ATENIENSE.
EL LACONIO, embajador espartano.
UN ATENIENSE.
PERSONAJES MUDOS: una beocia; una corintia; mujeres atenienses;
arqueros; un esclavo de Cinesias; embajadores espartanos; atenienses;
Conciliación; esclavas.
ESCENA I
LISÍSTRATA.: (preoucpada) Como
puede ser que todavía no se ha presentado ninguna mujer a esta importante cita.
(CLEONICE sale de su casa.) Bueno, aquí sale mi vecina. ¡Hola, Cleonice!
CLEONICE. Hola, tú también,
Lisístrata. ¿Por qué estás preocupada?
No pongas esa cara, hija mía, LISÍSTRATA: Cleonice, estoy muy afligida por nosotras las mujeres, porque
entre los hombres tenemos fama de ser malísimas...
CLEONICE: (riéndose) Es que lo
somos, por Zeus.
LISÍSTRATA: ... y cuando se les
ha dicho a las otras que se reúnan aquí para deliberar sobre un asunto nada
importante ¡se quedan dormidas y no vienen!
CLEONICE. Ya vendrán. Difícil
resulta para las mujeres salir de casa: una anduvo ocupada con el marido; otra
tenía que despertar al criado; otra tenía que acostar al niño; otra lavarlo;
otra darle de comer.
LISÍSTRATA: Pero es que había para ellas otras cosas más
importantes que ésas.
CLEOLICE. ¿De qué se trata
Lisístrata, el asunto por el que nos convocas a nosotras las mujeres? ¿En qué
consiste, de qué tamaño es?
LISÍSTRATA. Se trata de un asunto
que yo he estudiado y al que he dado vueltas y más vueltas en muchas noches en
blanco.
CLEONICE. Seguro que es delicado
eso a lo que has dado vueltas y vueltas.
LISÍSTRATA. Sí, tan delicado que
la salvación de Grecia entera estriba en las mujeres.
CLEONICE. ¿En las mujeres? Pues
sí que tiene pocas agarraderas.
LISÍSTRATA. Cuenta que están en
nuestras manos los asuntos de la ciudad;
si no, hazte a la idea de que ya no existen los peloponesios...
CLEONICE. Mucho mejor que ya no
existan, por Zeus.
LISÍSTRATA.... y de que los
beocios perecerán todos, por completo. De Atenas no voy a pronunciar nada de
ese estilo: adivina tú mis pensamientos. Pero si se reúnen aquí las mujeres,
las de los beocios, las de los peloponesios y nosotras, salvaremos todas juntas
a Grecia.
CLEONICE. Y, ¿qué plan sensato o
inteligente podrían realizar las mujeres si
lo nuestro es permanecer sentadas, bien pintaditas, luciendo la túnica
azafranada y adornadas con vestidos y con zapatillas de moda?
LISÍSTRATA. Pues eso mismo es lo
que espero que nos salve: las tuniquillas azafranadas, los perfumes, las
zapatillas, el colorete y las enaguas
transparentes.
CLEONICE. Y, ¿de qué manera?
LISÍSTRATA. De manera que de los
hombres de hoy en día ninguno levantará la lanza contra otro...
CLEONICE. Entonces, ¡por las dos diosas!, me haré teñir
una túnica de azafrán.
LISÍSTRATA.... ni cogerá el
escudo...
CLEONICE. Voy a ponerme el
vestido recto.
LISÍSTRATA. ... ni el puñal.
CLEONICE. Voy a comprarme unas
zapatillas de moda.
LISÍSTRATA. ¿Pero no tenían que
estar aquí ya las mujeres?
CLEONICE. No sólo eso, por Zeus,
sino que hace ya rato que tenían que haber llegado volando.
LISÍSTRATA. Pero mujer, ya verás
cómo resultan ser muy del Ática: hacen todo después de la hora. La cosa es que
ni siquiera ha venido ninguna mujer de los costeños ,ni de Salamina. Ni siquiera
las que yo esperaba y calculaba que estarían aquí las primeras, las de los
Acarnienses
CLEONICE. Por lo menos, la mujer
de Teógenes, para venir aquí, empinó... (Hace ademán de beber)... la vela . Pero aquí están, ya se acercan
algunas.
LISÍSTRATA. También llegan estas
otras.
ESCENA II
CLEONICE. Uf, uf, ¿de dónde son?
LISÍSTRATA. De Anagirunte.
CLEONICE. Sí, por
Zeus, por lo menos el maloliente «anágiro» me parece que
se ha removido.
MÍRRINA: ¿Llegamos tarde,
Lisístrata? ¿Qué dices? ¿Por qué te callas?
LISÍSTRATA. No te elogio,
Mírrina, por haber llegado ahora siendo el asunto tan importante.
MÍRRINA. Es que me costó trabajo
encontrar el cinturón en la oscuridad
CLEONICE. No, por
Zeus, vamos a esperar por lo
menos un poco a que vengan las mujeres
de los beocios y de los peloponesios.
LISÍSTRATA. Lo que has dicho está
muy bien. (Entra LAMPITO )
Aquí viene Lampito. ¡Hola, Lampito, querida laconia! ¡Cómo reluce
tu belleza, guapísima!, ¡qué buen color
tienes, cómo rebosa vitalidad tu cuerpo! Podrías estrangular incluso a un toro.
LAMPITO:. Zeguro que zí,
azí lo creo yo, pol loh doh diozeh, pueh me entreno en er gimnazio y
zarto dándome en er culo con loh taloneh.
CLEONICE. ¡Qué hermosura de tetas
tienes!
LAMPITo: Me ehtáh parpando iguá que
a una víctima para er zacrifisio.. Y a vé, ¿quién ha reunido ehta tropa de
muhereh?
LISÍSTRATA. Yo, aquí.
LAMPITO:. Dinoh lo que quiereh
que agamoh.
CLEONICE. Sí, por Zeus,
querida, dinos ese asunto tan
importante que te traes entre manos.
LISÍSTRATA. Yo lo diría, pero
antes de decirlo os voy a preguntar una cosa, algo de poca monta.
CLEONICE. Lo que tú quieras.
LISÍSTRATA. ¿No echáis de menos a
los padres de vuestros hijitos, que
están lejos, de servicio? Pues bien sé que todas vosotras tenéis al marido
lejos de casa.
CLEONICE. Mi marido, por lo
menos, cinco meses lleva fuera, pobre de
mí,
MÍRRINA. Pues el mío, siete meses
completos en Pilos.
LAMPITO:. Y er
mío, zi arguna vé viene der frente, cohe
el ehcudo y desaparese volando.
LISÍSTRATA. Y ni siquiera de los
amantes ha quedado ni una chispa, desde
que los milesios nos traicionaron. Así que, si yo encontrara la manera, ¿querríais poner fin a la guerra con mi ayuda?
Mujeres: «Dinos lo que quieres que hagamos.»
CLEONICE. Yo sí, por las dos diosas, desde luego,
aunque tuviera que empeñar el vestido este curvilíneo y... bebérmelo el mismo
día.
MÍRRINA. Pues yo, me dejaría
cortar en dos y daría la mitad de mi persona, aunque pareciera un rodaballo.
LAMPITO:. Y yo, ahta me zubi la a
todo lo arto der Taiheto, ayí donde pudiera vé la pá.
LISÍSTRATA. Voy a decíroslo, pues
no tiene ya que seguir oculto el asunto. Mujeres, si vamos a obligar a los
hombres a hacer la paz, tenemos que abstenernos...
CLEONICE: ¿De qué? Di.
LISÍSTRATA: ¿Lo vais a hacer?
CLEONICE: Lo haremos, aunque
tengamos que morirnos.
LISÍSTRATA: Pues bien, tenemos
que hacérseles sufrir y no acostarnos con ellos. ¿Por qué os dais la vuelta?
¿Adónde vais? Oye, ¿por qué hacéis muecas con la boca y negáis con la cabeza? ¿Por qué se os cambia
el color? ¿Por qué lloráis? ¿Lo vais a hacer o no? ¿Por qué dudáis?
CLEONICE. Yo no puedo hacerlo:
que siga la guerra.
MÍRRINA. Ni yo tampoco, por Zeus:
que siga la guerra.
LISÍSTRATA. Y, ¿tú eres la que
dices eso, rodaballo? ¡Si hace un momento decías que te dejarías cortar por la
mitad!
CLEONICE. Otra cosa, cualquier
otra cosa que quieras. Incluso, si hace falta, estoy dispuesta a andar por
fuego. Eso antes que abstenernos, que no hay nada comparable, Lisístrata,
guapa.
LISÍSTRATA. Y tú, ¿qué? (A
MÍRRINA.)
MÍRRINA. También yo prefiero
andar por fuego.
LISÍSTRATA. Jodidísima ralea
nuestra, toda entera. No sin razón las
tragedias se hacen a costa nuestra, pues no somos nada más que amar y
parir. (A LAMPITO.) Pero tú, querida laconia -pues con que tú sola estés a mi lado, aún
podríamos salvar el asunto-, ponte de mi parte.
LAMPITO:. Pol loh
doh diozeh, éh difisi que lah muhere duerman zolah der todo. Zin
embargo, zea, que jase musha farta la pá.
LISÍSTRATA. Querida, tú sí que
eres una mujer y no todas éstas.
CLEONICE. Y si nos abstuviéramos
todo lo posible de lo que tú dices -lo
que ojalá que no pase-, ¿eso influiría mucho para que se hiciera la paz?
LISÍSTRATA. Mucho sí, por las dos diosas. Porque si nos
quedáramos quietecitas en casa, bien maquilladas, pasáramos a su lado desnudas
con sólo las camisitas transparentes y a nuestros maridos ardieran en deseos,
pero nosotras no les hiciéramos caso, sino que nos aguantáramos, harían la paz
a toda prisa, bien lo sé.
LAMPITO:. Pol lo
menoh, Menelao, cuando eshó una mirada a
loh meloneh de Helena, que ehtaba dehnuda, tiró la ehpada, creo yo.
CLEONICE. Pero mujer, ¿qué pasará
si nuestros maridos nos abandonan?
LISÍSTRATA. Lo de Ferécrates,
«despellejar a un perro despellejado»
CLEONICE. Esos sucedáneos son
pamplina. ¿Y si nos cogen y nos arrastran por la fuerza a la alcoba?
LISÍSTRATA. Tú agárrate a la
puerta.
CLEONICE. ¿Y si nos pegan?
LISÍSTRATA. Hay que dejarse hacer
poniéndoselo muy difícil, que no hay placer en esas cosas cuando se hacen por
la fuerza. Además hay que causarles dolor. Y pierde cuidado, en seguida
renunciarán. Pues nunca jamás disfrutará el hombre si no va de acuerdo con la
mujer.
CLEONICE. Si eso es lo que os
parece bien a vosotras dos, también nos lo parece a nosotras.
LAMPITO: A nuehtroh maridoh, nozotrah loh
convenseremoh de que agan una pá huzta y zin engaño en todah lah cozah,
pero a eza hente atenienze, tan veleta, ¿cómo ze la puede convensé para que no
digan tonteríah?
LISÍSTRATA: Pierde cuidado, nosotras convenceremos a la
parte que nos toca.
LAMPITO:». Ezo no puede zé,
LISÍSTRATA. También eso está bien preparado, ya que nos apoderaremos
de la Acrópolis hoy mismo. A las más viejas se les ha ordenado hacer esto: que
mientras nosotras nos ponemos de acuerdo en estas cosas, ellas, aparentando que
celebran un sacrificio, se apoderen de la Acrópolis.
LAMPITO:. Todo puede rezultá,
pueh lo que diseh tiene fundamento.
LISÍSTRATA. Lampito, ¿por qué no
hacemos todas juntas un juramento sobre esto, para que sea inquebrantable?
LAMPITO:. Pueh áhnoh zabé la
fórmula, a vé cómo huraremoh.
LISÍSTRATA. Hablas con acierto.
¿Dónde está la esciba?(Entra una «policía».)
LISÍSTRATA. Entonces, ¿cómo vamos
a jurar?
CLEONICE. Por Zeus,
yo te lo voy a decir si quieres. Poniendo una copa grande boca arriba y
degollando... un cántaro de vino de Tasos, juremos sobre la copa...
LAMPITO:. Ozú, ozú, er huramento,
no se puede ni desí cómo lo apruebo.
LISÍSTRATA. Que alguien traiga de
dentro una copa y un cántaro. (Sacan a
escena la copa y el cántaro.)
CLEONICE. ¡Queridísimas mujeres!,
¡qué cacharro tan grande! Y la copa esa, con sólo cogerla, ya se alegra una.
LISÍSTRATA. (A la que trae la copa). Déjala ahí. Soberana Persuasión y Copa de la
Amistad, recibe estos sacrificios mostrándote benévola para las mujeres. (Mientras tanto, vierte vino en la copa.)
CLEONICE. De buen color es la
sangre, ya lo creo, y corre estupendamente.
LAMPITO: Y dehde luego, uele de
maraviya, por Cáhtor
CLEONICE. Mujeres, dejadme jurar a
mí la primera.
LISÍSTRATA. No, por Afrodita;
cuando te llegue el turno. Tocad todas la copa, Lampito:, y que una en
vuestro nombre repita exactamente lo que
yo diga. Vosotras declararéis esto bajo juramento de acuerdo conmigo y lo mantendréis
firmemente: «Ningún hombre, ni amante, ni marido»...
CLEONICE. «Ningún hombre, ni
amante, ni marido»...
LISÍSTRATA.... «se acercará a mí
». Dilo.
CLEONICE. ... «se acercará a mí ». ¡Ay, ay!, se me debilitan las rodillas, Lisístrata.
LISÍSTRATA. «En casa pasaré el
tiempo »
CLEONICE. «En casa pasaré el
tiempo »...
LISÍSTRATA.... «con mi vestido
azafranado y muy bien arreglada»...
LISÍSTRATA. «Si mantengo
firmemente estas cosas, que beba yo de aquí»...
CLEONICE. «Si mantengo firmemente
estas cosas, que beba yo de aquí»...
LISÍSTRATA. «Pero si las violo,
que se llene de agua la copa».
CLEONICE. «Pero si las violo, que
se llene de agua la copa».
LISÍSTRATA. ¿Declaráis todas
vosotras esto bajo juramento de acuerdo conmigo?
TODAS. Sí, por Zeus.
LISISTRZATA. Hala, yo haré la
ofrenda de ésta. (Coge la copa para bebérsela.)
CLEONICE. Tu parte y gracias,
querida, para que resultemos en el acto todas amigas unas de otras
(Van bebiendo todas. Se oye un griterío de
mujeres a lo lejos.)
LAMPITO: ¿Qué gritoh zon ézoh?
LISÍSTRATA. Es
lo que yo decía: las mujeres se
han apoderado ya de la Acrópolis de la diosa. (A
LAMPITO.) Tú, Lampito, ponte en camino y organiza bien lo
de vuestra gente, y a éstas (señala a
la BEOCIA y a la CORINTIA) déjalas aquí como rehenes.
(Se va LAMPITO.) Nosotras vamos a la Acrópolis para ayudar a las otras que
están allí a poner las trancas
CLEONICE. ¿No crees que los
hombres van a venir en masa contra nosotras en seguida?
LISÍSTRTATA. Poco
me importan, que no vendrán trayendo tantas amenazas ni tanto fuego como
para abrir las puertas esas, a no ser en las condiciones que hemos dicho.
CLEONICE.
Desde luego, por Afrodita, nunca, que si no, en vano habríamos obtenido el calificativo
de inconquistables y malvadas.
ESCENA III
(Las mujeres se van hacia la
Acrópolis.) (Llega por otro lado el coro de viejos; vienen cargados con
troncos y traen un cuenco de barro con brasas.)
CORIFEO. Anda, Draces, guíanos
paso a paso aunque te duela el hombro por llevar la pesada carga de un tronco
de olivo verde. «¿Qué griterío es ese?»
SEMICORO 1.°
Bien es verdad que en una vida
larga caben muchos sucesos inesperados, ¡ay!pues ¿quién hubiera esperado nunca,
oír que las mujeres, a las que
alimentábamos en casa se apoderaran de mi Acrópolis?
CORIFEO. Hala, démonos muchísima
prisa en ir a la Acrópolis, y hagamos una sola pira, y con nuestras propias manos
las quememos a toda.
SEMICORO 1.°
Pues del camino este trecho me
falta, la pendiente hacia la Acrópolis, adonde me apresuro. Pero, sin embargo,
hay que caminar, y hay que soplar el fuego para que no se me apague sin darme
cuenta al final del camino.
SEMICORO 2.°
Es terrible, ¡soberano Heracles! cómo
el fuego se echa sobre mí desde el cuenco y me muerde los ojos como una perra
rabiosa. Seguro que es de Lemnos el fuego ese, de todas todas; pues, si no,
nunca me mordería así, a dentelladas, las legañas. Date prisa, adelante, hacia
la Acrópolis, ayuda a la diosa. ¿Cuándo si no, Laques, la socorreremos mejor
que ahora? ¡Fu, fu! ¡Uy, uy, qué humareda!
CORIFEO. El fuego este se ha
espabilado gracias a los dioses, y está muy vivo. ¿Qué tal si ponemos
primero aquí los dos troncos, y entonces metemos la antorcha de sarmientos en
el cuenco, la encendemos, y después nos abalanzamos contra la puerta como
carneros? Y si al llamar nosotros las mujeres no aflojan las trancas hay que
prender fuego a las puertas y acosarlas a ellas con el humo. Pues dejemos la
carga. ¡Uy, qué humareda, puf, puf? ¿Cuál de los generales que están en Samos
nos ayudaría a descargar el tronco?
(Dejan los troncos en el suelo.)
(Entra el coro de mujeres con
barreños de agua.)
LA CORIFEO. Me parece que veo una
densa nube de humo, mujeres, como si ardiera un fuego. Hay que darse muchísima
prisa.
PRIMER SEMICORO DE MUJERES.
una cosa temo: ¿no va a llegar mi
ayuda demasiado tarde?
LA CORIFEO. Deja... (Divisa al
coro de ancianos.) ¡Uy!, ¿qué es eso?
¡Hijos de mala madre! Nunca unos hombres de bien y piadosos habrían hecho una
cosa así.
EL CORIFEO. Esto que llega sí que
no esperábamos verlo. ¡Menudo enjambre de mujeres está ahí fuera para echarles
una mano!
LA CORIFEO. ¿Por qué os damos
tanto miedo? ¿Es que os parecemos muchas? Pues aún no estáis viendo ni a la
milésima parte de nosotras.
EL CORIFEO. Fedrias, ¿vamos a
dejarles decir disparates semejantes? ¿No sería mejor que alguien rompiera su
cachiporra a fuerza de molerlas a palos?
LA CORIFEO. Vamos a poner también
nosotras los cántaros en el suelo, para que, si alguien nos pone la mano
encima, esto no nos estorbe.
EL CORIFEO. Por Zeus, si alguien
les hubiera dado de palos en la mandíbula dos o tres veces ya no tendrían ni
pizca de voz.
LA CORIFEO. Aquí me tienes; ¡que
alguien se atreva a darme! Yo me dejaré hacer bien quietecita. Eso sí: desde luego no volverás a pegar a
nadie.
EL CORIFEO. Sino te callas te voy
a arrancarla piel y la vejez a golpes.
LA CORIFEO. Acércate y tócame con
un solo dedo.
EL CORIFEO. ¿Qué pasa si te hago
cenizas con mis puños? ¿Qué cosa
espantosa me vas a hacer?
LA CORIFEO. A mordiscos te voy a
arrancarlos pulmones y los intestinos.
EL CORIFEO. No hay poeta más sabio
que Eurípides, pues ninguna criatura es
tan desvergonzada como las mujeres
LA CORIFEO. Vamos nosotras a
coger el cántaro de agua.
EL CORIFEO. Tú, enemiga de los
dioses, ¿por qué has venido aquí con agua?
LA CORIFEO. Y tú, ¡sepulcro!,
¿por qué con fuego? ¿Para quemarte?
EL CORIFEO. Yo, para amontonar
una pira y asediar con fuego a tus amigas.
LA CORIFEO. Yo, para apagar tu
pira con esta agua.
EL CORIFEO. ¿Que tú vas a
apagarme el fuego?
LA CORIFEO. Los hechos lo pondrán
en seguida bien a las claras.
EL CORIFEO. (A su antorcha.)
Quémale el pelo a ésta.
LA CORIFEO. (A su cántaro de
agua). A lo tuyo.
(El coro de mujeres vacía sus
cántaros en los ancianos.)
EL CORIFEO. ¡Ay, pobre de mí!
LA CORIFEO. ¿No estaba caliente,
verdad?
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ESCENA IV
(Llega un COMISARIO, acompañado de un arquero
escita)
COMISARIO. ¿Es que se ha hecho
patente la desvergüenza de las mujeres,?
EL CORIFEO. Pues, ¿qué dirías si
te enteraras además del descaro de éstas? Aparte de su caradura en otras cosas,
para colmo nos han dado un baño con sus cántaros, hasta el punto de que podemos sacudirnos la
ropa como si nos hubiéramos orinado en ella.
COMISARIO. Sí, es verdad. Este tipo de cosas han dado lugar
a esto de ahora, pues es el caso que yo, un comisario, después de que he
conseguido que haya remeros, ahora mismo que tengo necesidad del dinero para
ellos, me encuentro de puertas afuera por culpa de las mujeres. Pero no vale de
nada quedarse aquí de brazos cruzados. (A un arquero.) Trae las barras para que
yo acabe con su descaro. ¿Por qué te quedas con la boca abierta, imbécil?
Y tú, ¿a dónde miras, que no haces más
que vigilar la taberna? ¿No vas a colocar las barras debajo de las puertas, por
aquí, para apalancarlas y hacer que salten? Desde aquí yo también voy a echar
una mano para apalancarlas.
(LISÍSTRATA sale de la Acrópolis,
abriendo las puertas.)
LISÍSTRATA. No apalanquéis nada.
Ya salgo yo sin que me obligue nadie. ¿Qué falta hacen las barras? No son
barras lo que se necesita, sino sentido común y mollera.
COMISARIO. ¿Con que sí, eh,
guarra? ¿Dónde está el arquero? (Al
arquero.) Deténla y átale las manos a la espalda.
LISÍSTRATA. Por Ártemis, como me
ponga encima la punta de un dedo, me las pagará aunque sea un agente público.
COMISARIO. (Al arquero.) ¿Qué, te da miedo, tú? ¿No vas a agarrarla
por la cintura?
(Sale CLEONICE de la Acrópolis.)
CLEONICE. (Al primer
arquero.) Como la toques, aunque sólo sea con la mano, te vas a cagar encima, de los
pisotones que te vamos a dar.
(Llega MÍRRINA.)
MÍRRINA. Por la Lucífera, como le
pongas encima la punta de un dedo, vas a pedir en seguida una ventosa
COMISARIO. ¿Qué sucede? ¿Dónde
hay un arquero? (Al arquero) Échale el
guante a ésa. (A las mujeres.)
Yo haré que terminen vuestras
salidas, una por una.
LISÍSTRATA. Como te acerques a
ella, te voy a hacer gritar a fuerza de arrancarte el pelo.
(Se va el
arquero.)
COMISARIO. ¡Desgraciado de mí! Ha
abandonado el campo el arquero. Pero nunca cederemos ante las mujeres. Avanzaremos
contra ellas hasta llegar a las manos.
LISÍSTRATA. Por las dos diosas,
vais a saber que también entre nosotras hay cuatro batallones de mujeres
preparadas para la lucha, completamente armadas, ahí dentro. LISÍSTRATA.
(Dirigiéndose a la ciudadela.) Mujeres
aliadas, salid corriendo de dentro,
(Salen las mujeres al ataque desde la Acrópolis) Parad ya, retiraos, no cojáis botín.
(Las mujeres que acaban de
aparecer vuelven a la ciudadela.)
COMISARIO. ¡Ay de mí!, qué mal ha
ido la cosa para mi arquero.
LISÍSTRATA. Pues anda, ¿qué te
pensabas? ¿Es que tú creías que atacabas a unas esclavas, o es que piensas que
las mujeres no tienen arrestos?
COMISARIO. Sí, por Apolo, y
muchísimos,
EL CORIFEO. Muchas palabras
gastadas en vano, comisario de esta tierra. ¿Por qué te enzarzas en discusiones
con estas fieras?
LA CORIFEO. Tío, es que no hay
que poner la mano encima al prójimo como si tal cosa; si haces eso,
forzosamente tendrás los ojos hinchados
CORO DE ANCIANOS.
Zeus, ¿cómo podemos tratar a
estos monstruos? Pues esto ya no se puede aguantar
EL CORIFEO. Haz preguntas, no te
dejes engatusar, contradícelas todo lo que puedas: que sería una vergüenza
dejar un asunto así
COMISARIO. Por Zeus,
de lo primero que quiero
enterarme es de esto: ¿con qué idea habéis cerrado nuestra ciudadela con las
trancas?
LISÍSTRATA. Para poner a buen
recaudo el dinero y para que no luchéis por él.
COMISARIO. ¿Es que luchamos por
el dinero?
LISÍSTRATA. Sí, y también por él
se originan todos los demás jaleos. Pues Pisandro y los que andan detrás de los
puestos públicos, para poder robar, armaban siempre algún alboroto
COMISARIO. ¿Qué es lo que vas a
hacer?
LISÍSTRATA. ¿Eso me preguntas? Lo
vamos a administrar nosotras.
COMISARIO. ¿Qué vosotras lo vais
a administrar?
LISÍSTRATA. Y, ¿por qué te parece
chocante? ¿No somos nosotras las que os
administramos todo lo de la casa?
COMISARIO. Pero no es lo mismo.
LISÍSTRATA. ¿Cómo que no es lo
mismo?
COMISARIO. La guerra hay que
hacerla contando con ese dinero.
LISÍSTRATA. Pero lo primero de
todo es que no hay que hacer la guerra.
COMISARIO. Pues, ¿de qué otra
manera estaremos a salvo?
LISÍSTRATA. Nosotras os
salvaremos.
COMISARIO. ¿Vosotras?
LISÍSTRATA. Sí, nosotras.
COMISARIO. ¡Asombroso!
COMISARIO. ¿Y de dónde os sale
esa preocupación por la guerra y la paz?
LISÍSTRATA. Ahora lo
explicaremos. Nosotras en las primeras
fases de la guerra y durante un tiempo, aguantamos, por lo prudentes que
somos, cualquier cosa que hicierais vosotros los hombres -la verdad es que no nos dejabais ni
rechistar-, y eso que agradarnos, no nos agradabais. Pero nosotras estábamos
bien informadas de lo vuestro. Pero cada vez que nos enterábamos de una
decisión vuestra es peor que la
anterior. Y, luego, preguntábamos: «Marido, ¿cómo es que actuáis de una manera
tan disparatada?». Y él, decía:. «De la guerra se ocuparán los hombres»
COMISARIO. Bien dicho lo de
aquél, por Zeus.
LISÍSTRATA. ¿Cómo que bien,
estúpido, si ni siquiera cuando vuestras decisiones eran malas nos estaba
permitido sugeriros nada? Así es que si queréis atendernos ahora a nosotras que
os hablamos cuerdamente, y callaros como antes nosotras, podríamos enderezaros.
COMISARIO. ¿Vosotras a nosotros?
Tremendo es lo que dices; no lo aguanto.
LISÍSTRATA. Cállate.
COMISARIO. ¿Callarme yo porque tú
lo digas, hija de perra, y eso que tú llevas un velo en la cabeza? Primero me
muero.
LISÍSTRATA. Pues si eso te sirve
de obstáculo, coge este velo mío, tenlo y póntelo en la cabeza, y después
cállate. (Le da el velo.)
LA CORIFEO. Apartaos de los
cántaros, mujeres, para que también nosotras
por nuestra parte ayudemos a nuestras amigas.
CORO DE MUJERES.
Yo nunca me cansaría de bailar, ni
la agotadora fatiga podrá apoderarse de mis rodillas. Dispuesta estoy a
realizar cualquier cosa junto a éstas, por su valor, en ellas hay dotes
naturales, gallardía, coraje, sabiduría, y valor
COMISARIO. ¿Y cómo os las vais a
arreglar vosotras para reconciliar y
poner fin a tal cantidad de asuntos enmarañados en las ciudades griegas?
LISÍSTRATA. Muy simple.
COMISARIO. ¿Cómo? Explícamelo.
LISÍSTRATA. Desenmarañaremos esta
guerra, si es que nos dejan hacer, poniendo las cosas en su sitio por medio de
embajadas a un lado y a otro.
COMISARIO. ¿Así con embajadas
creéis que vais a poner fin a unos asuntos tan terribles? ¡Qué necias! ¿Cómo? A
ver.¿No es terrible que ellas que ni siquiera tomaron parte ninguna en la
guerra?
LISÍSTRATA. Hijo de perra,
nosotras la aguantamos más que por partida doble. Lo primero de todo, que damos
a luz a nuestros hijos y los enviamos como hoplitas...
COMISARIO. Calla, deja los malos
recuerdos.
LISÍSTRATA. Además, cuando
teníamos que disfrutar y sacarle partido a la juventud, dormimos solas por
culpa de las campañas militares.
COMISARIO. ¿Es que los hombres no
envejecen?
LISÍSTRATA.
Por Zeus, no se parece nada. Pues cuando el hombre
regresa, aunque esté lleno de canas, en seguida lo tienes casado con una
jovencita. Pero el momento de la mujer es muy breve,
(Se va el
comisario rezongando)
ESCENA v
(Se hace un oscuro, suena música
de trompetas de guerra…) Luz
LISÍSTRATA-La actuación de
mujeres mezquinas, y el caletre mujeril, me hacen dar vueltas arriba y abajo
toda desanimada.
LA CORIFEO. ¿Qué dices, qué
dices?
LISÍSTRATA. La verdad, la verdad.
LA CORIFEO. ¿Qué hay de malo?
Cuéntalo a tus amigas.
LISÍSTRATA. Empachoso es decirlo,
y callarlo, penoso
LA CORIFEO. No me ocultes la
desgracia que nos pasa.
LISÍSTRATA. En dos palabras:
queremos hacer el amor.
LA CORIFEO. ¡Ay, Zeus!
LISÍSTRATA.
¿Por qué llamas a Zeus? Las cosas están así. Yo no soy ya capaz de mantenerlas
apartadas de los hombres: se escapan. A una la pillé muy temprano agrandando la
abertura por donde está la gruta de Pan;
a otra, mientras se deslizaba serpenteando ayudada por una garrucha; a otra,
cuando se pasaba al enemigo; ---Ponen todas las excusas posibles con tal de
marcharse a su casa. Aquí viene una de ellas.
ESCENA VI
MÍRRINA. ¿Qué hay? Dime, ¿por qué
esas voces?
LISÍSTRATA. Un hombre, un hombre veo que se acerca trastornado,
MÍRRINA. ¿Y dónde está, sea quien
sea?
LISÍSTRATA. Junto al templo de la
Demeter
MÍRRINA. Ah, sí, por Zeus, ahí
está, y, ¿quién puede ser?
LISÍSTRATA. Fijaos: ¿Lo conoce
alguna de vosotras?
MÍRRINA. Sí, por Zeus, yo; ¡es mi
marido, Cinesias!
LISÍSTRATA. Lo que tienes que
hacer ya es ponerlo en el asador, darle
vueltas, engatusarlo con el quiero y no
quiero, y decirle que sí a todo menos a lo que conoce la copa
MÍRRINA. Descuida, yo lo haré.
LISÍSTRATA.
Pues yo me quedo aquí contigo para ayudarte a engatusarlo y ponerlo a punto de
caramelo. (A las demás mujeres.) Ahora, marchaos.
ESCENA VII
(Salen; entra CINESIAS con un
criado que trae un niño.)
CINESIAS. ¡Ay de
mí, desdichado, qué convulsiones me dan,
y qué rigidez, como si me torturaran en la rueda!
LISÍSTRATA. ¿Quién está ahí, que
ha rebasado los puestos de guardia?
CINESIAS. Yo.
LISÍSTRATA. ¿Un hombre?
CINESIAS. Un hombre, desde luego.
LISÍSTRATA. ¡Largo de ahí!
CINESIAS. ¿Y quién eres tú que me
echas?
LISÍSTRATA. Un centinela de día.
CINESIAS. Por los dioses,
entonces, llámame a Mírrina.
LISÍSTRATA. ¡Anda, que yo te
llame a Mírrina!, ¿y quién eres tú?
CINESIAS. El marido de ella,
Cinesias de Leónidas
LISÍSTRATA. Hola, querido. Tu
nombre no está entre nosotras falto de prestigio ni deja de ser
conocido, pues tu mujer siempre te tiene
en la boca. Si coge un huevo o una manzana, dice: «Ojalá fuera para Cinesias».
CINESIAS. ¡Oh, dioses!
LISÍSTRATA. Sí, por Afrodita, y
si se tercia hablar de maridos, tu mujer en seguida dice que al lado de
Cinesias todo lo demás son pamplinas.
CINESIAS. Pues ve y llámala.
LISÍSTRATA. Pues hala, voy a
bajar a llamártela. (Se va.)
CINESIAS. A toda prisa. Pues
ninguna ilusión tengo por la vida, desde
el momento en que ella se marchó de casa;
sufro al entrar en ella, que todo me parece desierto. La comida, ningún
gusto me da comerla. Y la deseo tanto….
MÍRRINA. (A
LISÍSTRATA.) Yo le
quiero, le quiero, pero él no
deja que yo le quiera. Así que tú no me llames a su lado.
CINESIAS. Mirrinita, encanto,
¿por qué haces eso? Baja aquí.
MÍRRINA. No, por Zeus, yo ahí no.
CINESIAS. ¿Llamándote yo no vas a
bajar, Mírrina?
MÍRRINA. Es que me dices que
salga sin que te haga ninguna falta.
CINESIAS. ¿Ninguna falta a mí?
Destrozado es lo que estoy.
MÍRRINA. Me marcho.
CINESIAS. (Para sí.) La encuentro mucho más joven y
de mirada más tierna. Sus enfados hacia mí y sus humos, eso mismo es lo que me tiene destrozado de
deseo.
CINESIAS. Majadera, ¿por qué te
portas así y haces caso a las otras mujeres? Me haces sufrir a mí y lo pasas
mal tú también. (Se acerca a ella.)
MÍRRINA. No me arrimes la mano.
CINESIAS. Las cosas de casa,
tuyas y mías, las echas a perder.
MÍRRINA. Me importan un rábano.
CINESIAS. ¡Los ritos de Afrodita
no los cultivas hace tanto tiempo! ¿No vas a venirte?
MÍRRINA. Por Zeus,
no, a menos que hagáis las paces y
pongáis fin a la guerra.
CINESIA. Vale, si eso te parece
bien, hasta eso haremos.
MÍRRINA. Vale, si eso os parece
bien, también yo regresaré allí. Pero ahora he jurado que no.
CINESIAS. Pues acuéstate conmigo:
¡el tiempo que hace ya!
MÍRRINA. Ni hablar. Sin embargo,
no te diré que no te quiero.
CINESIAS. ¿Que me quieres?
Entonces ¿por qué no estás ya acostada,
Mirrinita?
MÍRRINA. Y entonces, ¿voy a
faltar a lo que he jurado, desdicha de hombre?
CINESIAS. Que recaiga en mí. No
estés preocupada por el juramento.
MÍRRINA. Hala, pues voy a traer
una cama para nosotros dos.
CINESIAS. De eso nada. Nos basta
con el suelo.
MÍRRINA. No, por Apolo, aunque
seas así, no te haré acostarte en el
suelo.
(Sale MÍRRINA.)
CINESIAS. Desde luego mi mujer me
quiere, está clarísimo. (Regresa MÍRRINA
con la cama.)
MÍRRINA. Aquí está, échate, acaba
ya, que yo me voy desnudando. Pero, la cosa esta, la esterilla, hay que
traerla.
CINESIAS. ¿Qué rayo de esterilla?
Para mí no.
MÍRRINA. Sí, por Ártemis, que
encima del jergón da vergüenza.
CINESIAS. Déjame que te bese.
MÍRRINA. Espera. (Sale MÍRRINA.)
CINESIAS. ¡Ay, ay, ay! Vuelve a
toda prisa. (Vuelve con una esterilla.)
MÍRRINA. Aquí está la esterilla.
Échate, que ya me desnudo. Pero, la cosa esa, la almohada, no tienes.
CINESIAS. No me hace ninguna
falta.
MÍRRINA. Por Zeus, a mí sí. (Sale
MÍRRINA.)
(Vuelve MÍRRINA.)
MÍRRINA. Levántate, alza. (Le
pone la almohada.) Ya tengo todo.
CINESIAS. Todo, seguro. Ven aquí,
tesoro.
MÍRRINA. El sujetador me lo
suelto ya. Y recuerda: no vayas a engañarme en lo de hacer las paces.
CINESIAS. ¡Que me muera, por
Zeus!
MÍRRINA. ¡Pero si no tienes
manta!
CINESIAS. Por Zeus, ni la
necesito.
MÍRRINA. vengo en seguida.
(Sale.)
(Entra MÍRRINA.)
MÍRRINA. Ponte erguido. ¿Quieres
que te eche perfume?
CINESIAS. No, por Apolo, a mí no.
MÍRRINA. Sí, por Afrodita,
quieras o no. (Sale.)
CINESIAS. ¡Ojalá se le derrame el
perfume, Zeus soberano! (Entra MÍRRINA.)
MÍRRINA. Extiende la mano, coge y
úntate.
CINESIAS. (Untándose.) No es agradable el perfume este, por Apolo,
MÍRRINA. ¡Qué boba! Si he traído
el perfume de Rodas
CINESIAS. Es bueno, déjalo en
paz; ¡dichosa mujer!
CINESIAS. Venga, calamidad,
échate y no me traigas nada más.
MÍRRINA. Eso voy a hacer, por
Ártemis. Ya estoy descalza, por lo menos. Pero, vida mía, tienes que votar que
se haga la paz.
CINESIAS.
Lo tendré en cuenta. (MÍRRINA se
va.) Me ha matado, me ha hecho trizas mi
mujer, y encima de todo lo demás, se marcha y me deja así. ¡Ay!, ¿qué hago?
EL
CORIFEO. En terrible desgracia, desdichado,
tienes el alma afligida por haber sido engañado. También yo te
compadezco. Ay, ay, pues, ¿qué riñón podría aún resistir, qué alma,..?
ESCENA VIII
HERALDO. ¿Donde ehtá er
Conceho de Ansianoh de Atenah o
loh prítaneh? Quiero desí una
notisia.
PRÍTANIS. ¿Quién eres? ¿Un ser
humano o Conísalo?
HERALDO: Shiquiyo, como erardo
vengo de Ehparta, ¡pol loh doh diozeh!, para tratá de la pá.
PRÍTANIS. (Se descubre.) háblame con franqueza ¿Cómo andan vuestros
asuntos en Lacedemonia? ¿De quién os ha caído esa desgracia? ¿De Pan?
HERALDO:. No, la primera fue Lampito, creo yo, y
dehpuéh lah demáh muhereh de Ehparta, todah a una, como zi tomaran la zalida a
lavé.
PRITANIS. ¿Y cómo andáis?
HERALDO. Desehperadoh. Pueh lah
muhereh no noh deban ni ziquiera tocal
les er mirto ahta que todoh, en común, agamoh lah paseh en Gresia.
PRÍTANIS. El asunto este es una
conspiración de todas las mujeres, ahora lo veo. Rápido, di que envíen aquí
embajadores con plenos poderes para tratar de la paz. Y yo le diré al Consejo
que elija a otros embajadores de aquí.
HERALDO. Voy volando, que lo que diseh ehtá muy
requetebién. (Salen los dos personajes en distintas direcciones.)
ESCENA Ix
EL CORIFEO. (Entran los
embajadores lacedemonios.) Aquí llegan
de Esparta estos embajadores, arrastrando sus barbazas, Laconios, lo primero,
hola, y ahora, contadnos en qué situación venís.
LACONIO: ¿Qué farta jase que oh
digamoh mushah palabrah? Pueh bien ze puede vé en qué situasión emoh venido.
EL CORIFEO. ¡Ahí va!, mucho
tendón le ha salido a la desgracia esta de mala manera,
(Entra
EL PRÍTANIS con otros atenienses.)
PRITANIS. ¿Quién puede decir
dónde está Lisístrata? ¡Por Zeus!,
por pasarnos eso estamos hechos
polvo, así es que si alguien no hace en seguida la paz con nosotros, no habrá manera de que seamos
felices
(Entra LISÍSTRATA.)
PRÍTANIS. No hace falta, al
parecer, que la llamemos, pues ella por su cuenta, al oírnos, viene ya.
EL CORIFEO. Hola, la mujer más
valiente de todas. Ahora te toca a ti aparecer
inflexible y suave, buena
y mala, orgullosa y humilde,
llena de mañas, que los principales de los griegos, cautivados por tu hechizo,
se
han rendido ante ti-
LISÍSTRATA. No es difícil la
cosa, si se les coge llenos de deseo y sin que intenten nada unos contra otros.
Pronto lo sabré. ¿Dónde está Conciliación?
(Aparece CONCILIACIÓN personificada en una chica ligera de ropa.) Coge y trae primero a los laconios, no con
mano arisca e insolente, ni a lo bruto como hacían nuestros hombres, sino como
suelen hacerlo las mujeres, muy amistosamente. (CONCILIACIÓN trae a los laconios.) Ahora ve y trae a estos atenienses; por donde
te dejen, cógelos y tráemelos. (Trae a los atenienses.) Laconios, colocaos junto a mí, y
vosotros (a los atenienses) a este lado, y escuchad mis palabras: «Mujer
soy, pero tengo inteligencia» Teniéndoos cogidos quiero reñiros a la vez y con
razón a vosotros, cuando está presente el enemigo con su ejército bárbaro, dais
muerte a los griegos y destruís sus ciudades. «El primer tema aquí lo he
concluido»
PRÍTANIS. Y yo estoy que
reviento.
LISÍSTRATA. Ahora, laconios, a
vosotros me dirijo: después de lo que han hecho por vosotros los atenienses, ¿devastáis el país del que
habéis recibido favores?
PRÍTANIS. Son injustos éstos, por
Zeus, Lisístrata.
LACONIO. Zomoh inhuhtoh,
pero (mirando a CONCILIACIÓN) ¡qué culo, qué maraviya!, no ze
puede ni desí.
LISÍSTRATA. ¿Y crees que yo os
voy a dejar sin reproche a vosotros los
atenienses? ¿No sabéis que los laconios, por
su parte, cuando vosotros usabais zamarra, vinieron con sus armas y
mataron a muchos tesalios?, y siendo los únicos aliados vuestros en aquel día,
os liberaron,
LACONIO:. (Refiriéndose a
LISÍSTRATA.) Muhé máh noble no e vihto nunca.
LISÍSTRATA. Y habiendo por medio
tantas y buenas acciones, ¿por qué seguís luchando y no acabáis ya con esa hostilidad? ¿Por qué no os reconciliáis? A ver, ¿qué os lo impide?
LACONIO. Nozotroh zí
queremoh, zi arguien quiere
devorvernoh ehta redondé (Mira el trasero de CONCILIACIÓN.)
LISÍSTRATA. ¿Cuál, amigo?
LACONIO. Piloh, que
jase tiempo que la pedimoh y la tentamoh.
(Hace ademán de tocar a CONCILIACIÓN.)
PRÍTANIS. No, por Posidón, eso no
lo conseguiréis.
LISÍSTRATA. Cedédsela a ellos,
buen hombre.
PRÍTANIS. Y después, ¿a quién
vamos a menear?
LISÍSTRATA. Reclamad otra plaza a
cambio de ésa.
PRÍTANIS. ¡Eso sí!, entregadnos
lo primero de todo Equinunte,
LACONIO. No, pol loh doh diozeh,
tanto no, amigo.
LISÍSTRATA. Dejadlo, no os peléis
por un par de piernas.
LISÍSTRATA. Bien dicho. Ahora
atended a purificaros para que las mujeres os convidemos en la Acrópolis con lo
que teníamos en nuestras cestas. Allí os daréis juramentos y fidelidad mutua. Y
después cada uno de vosotros cogerá a su mujer y se irá.
PRÏTANIS. Hala, vamos de prisa.
LACONIO. Yévanoh adonde tú
quierah.
PRÍTANlS. Sí, por Zeus, llévanos
a toda prisa.
(LISÍSTRATA
sale hacia la Acrópolis con los laconios y los atenienses.)
CORO CONJUNTO: Colchas
bordadas,ricos chales de lana, finas túnicas y joyas, eso poseo;
no tengo inconveniente en
permitiros a todos que os llevéis para vuestros hijos, y para cuando vuestra
hija sea canéforo. A todos vosotros os exhorto a que ahora toméis de lo mío ahí
dentro; nada está tan bien sella-do que no se puedan arrancar los precintos y
llevarse lo que haya dentro. Pero aunque miréis no vais a ver nada.
(Se oye la voz del PRÍTANIS desde dentro de la
Acrópolis.)
PRITANIS. Abre la puerta, tú. (Se
abre la puerta y llega EL PRÍTANIS con otros atenienses.) Tenías
(a las mujeres del CORO) que
haberte echado a un lado. ¿Qué hacéis ahí, paradas? ¿No querréis que os queme
yo con la antorcha, verdad? (Al público.)
Es una grosería. No lo haré. Pero si hace falta llegar a eso, lo
soportaré por daros ese gusto.
UN ATENIENSE. También nosotros lo
soportamos contigo.
PRÍTANIS. (Al CoRo de
mujeres.) ¿Os marcháis de una vez? Vais a llorar largo y
tendido por vuestra cabellera. (Las
amenaza con la antorcha y se alejan de los Propíleos.) (Al CORO
de ancianos.) ¿Os marcháis de una
vez para que los laconios salgan de ahí dentro tranquilamente, después del convite?
(Los ancianos se sitúan a un lado.)
UN ATENIENSE. Nunca vi banquete
igual. ¡Qué simpáticos los laconios! Y nosotros, en cuanto empinamos el codo,
somos muy ocurrentes.
PRÍTANIS. Claro, como que sin
beber no estamos en buena forma. Si llego a convencer con mis palabras a los
atenienses, como embajadores iremos siempre a todas partes borrachos. Pues
ahora, cada vez que vamos a Lacedemonia, sobrios, en seguida buscamos cómo
alborotar, de manera que lo que nos dicen no lo escuchamos, pero lo que no
dicen, eso lo suponemos, y sobre las mismas cosas no contamos lo mismo. Pero en
este momento nos agradaba todo, lo
daríamos por bueno incluso jurando en falso.
(Se aproximan algunos ancianos del
CORO.) Anda, éstos vienen otra vez al mismo sitio. ¿No os iréis con
viento fresco, bribones? (Se sitúan a un lado.)
ATENIENSE. Sí, por Zeus,
que ya van saliendo de dentro.
(Aparecen los atenienses y los espartanos; y, más atrás, LISÍSTRATA
y las restantes mujeres.)
LACONIO. (Aun flautista.) Queridízimo, cohe la flauta para que yo y
entone una cansión muy presiosa para
loh atenienzeh y para nozotroh al
mihmo tiempo.
PRÍTANIS. Sí, coge los tubos, por
los dioses, que me encanta veros bailar.
LISÍSTRATA. Hala, como todo lo demás ha salido muy bien,
llevaos, laconios, con vosotros a éstas (Señala a las mujeres espartanas),
y vosotros, a éstas de aquí (Señala a las mujeres atenienses). Que el marido esté junto a su mujer, y la
mujer junto a su marido, y, después de bailar en honor de los dioses por estos
sucesos felices, que tengamos cuidado en lo sucesivo de no volver a cometer
errores nunca más.
CORO CONJUNTO.
Da impulso al coro, conduce aquí
a las Gracias, invoca a Ártemis,y a su hermano gemelo, maestro de coros, Y a
Zeus que con su fuego brilla, y a su soberana esposa bienaventurada. Y después
a las divinidades que tomaremos como testigos de imborrable memoria de esta
tranquilidad deliciosa, esposa Hera; por ultimo, Cipris o Afrodita. Saltad a lo alto, iai, como en una victoria,
iai. Euoi, euoi, euai, euai.