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EL MESTER DE CLERECÍA DEL S. XIV

Juan Ruiz, ARCIPRESTE DE HITA, escribe en el XIV la que se considera una de las últimas muestras del MESTER DE CLERECÍA. Se trata de una obra muy compleja y especial como veréis. Aquí os selecciono una serie de episodios memorables. Seleccionad uno y comentadlo aquí.
(Antonio Tausiet en su blog (http://seronoser.free.fr/librodebuenamor/) hace un buen análisis del LIBRO que os será de mucha utilidad)



Enlaces de interés para 1º de Bachillerato  son:


Información muy útil y primeros capítulos adaptados en una versión en prosa.Clásicos a Medida de la editorial Anaya. 

 ANTOLOGÍA DE TEXTOS

Prólogo
Pero, como es humano pecar, si algunos -lo cual no aconsejo- desean usar del loco amor, aquí hallarán algunas maneras para ello. Y así, este libro mío, a todo hombre o mujer, al sensato y al insensato, puede decir: Intellectum tibi dabo, etc. Pero ruego y aconsejo a quien lo oyere y lo viere, que guarde bien estos tres asuntos del alma: lo primero, que entienda y juzgue bien mi intención, y el sentido de lo que digo, sin quedarse en el sonido feo de las palabras; pues, según es recto pensar, las palabras están al servicio de la intención, y no la intención al de las palabras. Y Dios sabe que mi intención no fue ni incitar al pecado ni expresarme con ligereza, sino la de ofrecer ejemplo de buenas costumbres y avisos para la salvación...






Disputa del Romano y el griego

Palabras son de sabio y díjolo Catón:
el hombre, entre las penas que tiene el corazón,
debe mezclar placeres y alegrar su razón,
pues las muchas tristezas mucho pecado son.
Como de cosas serias nadie puede reír,
algunos chistecillos tendré que introducir;
cada vez que los oigas no quieras discutir
a no ser en manera de trovar y decir.
Entiende bien mis dichos y medita su esencia
no me pase contigo lo que al doctor de Grecia
con el truhán romano de tan poca sapiencia,
cuando Roma pidió a los griegos su ciencia.
Así ocurrió que Roma de leyes carecía,
pidióselas a Grecia, que buenas las tenía.
Respondieron los griegos que no las merecía
ni había de entenderlas, ya que nada sabía.
Pero, si las quería para de ellas usar,
con los sabios de Grecia debería tratar,
mostrar si las comprende y merece lograr;
esta respuesta hermosa daban por se excusar.
Los romanos mostraron en seguida su agrado;
la disputa aceptaron en contrato firmado,
mas, como no entendían idioma desusado,
pidieron dialogar por señas de letrado.
Fijaron una fecha para ir a contender;
los romanos se afligen, no sabiendo qué hacer,
pues, al no ser letrados, no podrán entender
a los griegos doctores y su mucho saber.
Estando en esta cuita, sugirió un ciudadano
tomar para el certamen a un bellaco romano
que, como Dios quisiera, señales con la mano
hiciera en la disputa y fue consejo sano.
A un gran bellaco astuto se apresuran a ir
y le dicen: -"Con Grecia hemos de discutir;
por disputar por señas, lo que quieras pedir
te daremos, si sabes de este trance salir".
Vistiéronle muy ricos paños de gran valía
cual si fuese doctor en la filosofía.
Dijo desde un sitial, con bravuconería:
"Ya pueden venir griegos con su sabiduría".
Entonces llegó un griego, doctor muy esmerado,
famoso entre los griegos, entre todos loado;
subió en otro sitial, todo el pueblo juntado.
Comenzaron sus señas, como era lo tratado.
El griego, reposado, se levantó a mostrar
un dedo, el que tenemos más cerca del pulgar,
y luego se sentó en el mismo lugar.
Levantóse el bigardo, frunce el ceño al mirar.
Mostró luego tres dedos hacia el griego tendidos
el pulgar y otros dos con aquél recogidos
a manera de arpón, los otros encogidos.
Sientáse luego el necio, mirando sus vestidos.
Levantándose el griego, tendió la palma llana
y volvióse a sentar, tranquila su alma sana;
levántase el bellaco con fantasía vana,
mostró el puño cerrado, de pelea con gana.
Ante todos los suyos opina el sabio griego:
"Merecen los romanos la ley, no se la niego."
Levantáronse todos con paz y con sosiego,
¡gran honra tuvo Roma por un vil andariego!
Preguntaron al griego qué fue lo discutido
y lo que aquel romano le había respondido:
"Afirmé que hay un Dios y el romano entendido
tres en uno, me dijo, con su signo seguido.
"Yo: que en la mano tiene todo a su voluntad;
él: que domina al mundo su poder, y es verdad.
Si saben comprender la Santa Trinidad,
de las leyes merecen tener seguridad."
Preguntan al bellaco por su interpretación:
"Echarme un ojo fuera, tal era su intención
al enseñar un dedo, y con indignación
le respondí airado, con determinación,
que yo le quebraría, delante de las gentes,
con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes.
Dijo él que su yo no le paraba mientes,
a palmadas pondría mis orejas calientes.
"Entonces hice seña de darle una puñada
que ni en toda su vida la vería vengada;
cuando vio la pelea tan mal aparejada
no siguió amenazando a quien no teme nada".
Por eso afirma el dicho de aquella vieja ardida
que no hay mala palabra si no es a mal tenida,
toda frase es bien dicha cuando es bien entendida.
entiende bien mi libro, tendrás buena guarida.

Consejos de don Amor
Condiciones que ha de tener la mujer para ser bella
Si leyeres a Ovidio que por mí fue educado,
hallarás en él cuentos que yo le hube mostrado,
y muy buenas maneras para el enamorado;
Pánfilo, cual Nasón, por mí fue amaestrado.
Si quieres amar dueñas o a cualquier mujer
muchas cosas tendrás primero que aprender
para que ella te quiera en amor acoger.
Primeramente, mira qué mujer escoger.
Busca mujer hermosa, atractiva y lozana,
que no sea muy alta pero tampoco enana;
si pudieras, no quieras amar mujer villana,
pues de amor nada sabe, palurda y chabacana.
Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillo no teñidos de alheña;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña.
Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas, bien claras y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes
si tiene el cuello alto, así gusta a las gentes.
La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un poco apartadillos,
las encías bermejas, los dientes agudillos,
los labios de su boca bermejos, angostillos.
La su boca pequeña, así, de buena guisa
su cara sea blanca, sin vello, clara y lisa,
conviene que la veas primero sin camisa
pues la forma del cuerpo te dirá: ¡esto aguisa!
(...)
»Si dice que tu dama no tiene miembros grandes
ni los brazos delgados, tú luego le demandes     
si tiene pechos chicos; si dice sí, demandes        
por su figura toda, y así seguro andes.      
Si tiene los sobacos un poquillo mojados
y tiene chicas piernas y largos los costados,
ancheta de caderas, pies chicos, arqueados, 
¡tal mujer no se encuentra en todos los mercados!
En la cama muy loca, en la casa muy cuerda;
no olvides tal mujer, sus ventajas recuerda.
Esto que te aconsejo con Ovidio concuerda
y para ello hace falta mensajera no lerda.
Hay tres cosas que tengo miedo de descubrir,
son faltas muy ocultas, 
de indiscreto decir:
de ellas, pocas mujeres pueden con bien salir,
cuando yo las mencione se echarán a reír.
Guárdate bien no sea vellosa ni barbuda
 ¡el demonio se lleve la pecosa velluda!
Si tiene mano chica, delgada o voz aguda,
a tal mujer el hombre de buen seso la muda.
»Le harás una pregunta como última cuestión:
si tiene el genio alegre y ardiente, el corazón;
si no duda, si pide de todo la razón,
si al hombre dice si, merece tu pasión.
_______________________________
A ésta has de servir, tal mujer has de amar,
mucho más grata que otras es para cortejar;
si conoces alguna y la quieres lograr
mucho habrás de esforzarte en decir y en obrar.
Dale joyas hermosas cada vez que pudieres;
cuando dar no te place o cuando no tuvieres,
promete, ofrece mucho, aunque no se lo dieres:
cuando esté confiada hará lo que quisieres.

Sírvela, no te canses, sirviendo el amor crece;
homenaje bien hecho no muere ni perece,
si tarda, no se pierde; el amor no fallece
pues siempre el buen trabajo todas las cosas vence.

Agradécele mucho cuanto ella por ti hiciere,
ensálzalo en más precio de lo que ello valiere,
no te muestres tacaño en lo que te pidiere
ni seas porfiado contra lo que dijere.

Busca muy a menudo a la que bien quisieres,
no tengas de ella miedo cuando tiempo tuvieres;
vergüenza no te embargue si con ella estuvieres:
perezoso no seas cuando la ocasión vieres.



Historia de Pitas Payas


No abandones tu dama, no dejes que esté quieta:
siempre requieren uso mujer, molino y huerta;
no quieren en su casa pasar días de fiesta,
no quieren el olvido; cosa probada y cierta.
Es cosa bien segura: molino andando gana,
huerta mejor labrada da la mejor manzana,
mujer muy requerida anda siempre lozana.
Con estas tres verdades no obrarás cosa vana.
Dejó uno a su mujer (te contaré la hazaña;
si la estimas en poco, cuéntame otra tamaña).
Era don Pitas Payas un pintor en Bretaña;
casó con mujer joven que amaba la compaña.
Antes del mes cumplido dijo él: -Señora mía,
a Flandes volo ir, regalos portaría
Dijo ella: -Monseñer, escoged vos el día,
mas no olvidéis la casa ni la persona mía.
Dijo don Pitas Payas. -Dueña de la hermosura,
yo volo en vuestro cuerpo pintar una figura
para que ella os impida hacer cualquier locura.
Contestó: -Monseñer, haced vuestra mesura.
Pintó bajo su ombligo un pequeño cordero
y marchó Pitas Payas cual nuevo mercadero;
estuvo allá dos años, no fue azar pasajero.
Cada mes a la dama parece un año entero.
Hacía poco tiempo que ella estaba casada,
había con su esposo hecho poca morada;
un amigo tomó y estuvo acompañada;
deshízose el cordero, ya de él no queda nada.
Cuando supo la dama que venía el pintor,
muy de prisa llamó a su nuevo amador;
dijo que le pintase cual supiera mejor,
en aquel lugar mismo un cordero menor.
Pero con la gran prisa pintó un señor carnero,
cumplido de cabeza, con todo un buen apero
Luego, al siguiente día, vino allí un mensajero:
que ya don Pitas Payas llegaría ligero.
Cuando al fin el pintor de Flandes fue venido,
su mujer, desdeñosa, fría le ha recibido:
cuando ya en su mansión con ella se ha metido
la figura que pintara no ha echado en olvido.
Dijo don Pitas Payas: -Madona, perdonad,
mostradme la figura y tengamos solaz
-Monseñer -dijo ella- vos mismo la mirad:
todo lo que quisieres hacer, hacedlo audaz.
Miró don Pitas Payas el sabido lugar
y vio aquel gran carnero con armas de prestar.
-¿Cómo, madona, es esto? ¿Cómo puede pasar
que yo pintar corder y encuentro este manjar?
Como en estas razones es siempre la mujer
sutil y mal sabida, dijo: -¿Qué, monseñer?
¿Petit corder, dos años no se ha de hacer carner?
Si no tardaseis tanto aún sería corder.
Por tanto, ten cuidado, no abandones la pieza,
no seas Pitas Payas, para otro no se cueza;
Incita a la mujer con gran delicadeza
y si promete al fin, guárdate de tibieza.


CUENTO DE LOS DOS PEREZOSOS

La pereza excesiva es miedo y cobardía, 
pesadez y vileza, suciedad y astrosía;
por pereza perdieron muchos mi compañía,
por pereza se pierde mujer de gran valía.

Te contaré la historia de los dos perezosos
que querían casarse y que andaban ansiosos;
ambos la misma dama rondaban codiciosos.
Eran muy bien apuestos y ¡verás cuan hermosos!

E1 uno tuerto era de su ojo derecho,
ronco era el otro, cojo y medio contrahecho;
el uno contra el otro tenían gran despecho
viendo ya cada uno su casamiento hecho.

Respondióles la dama que quería casar
con el más perezoso: ese quiere tomar.
Esto dijo la dueña queriéndolos burlar.
Habló en seguida el cojo; se quiso adelantar:

— Señora — dijo —, oíd primero mi razón,
yo soy más perezoso que este mi compañón.
Por pereza de echar el pie hasta el escalón
caí de la escalera, me hice esta lesión.

Otro día pasaba a nado por el río,
pues era de calor el más ardiente est�o;
perdíame de sed, más tal pereza crío
que, por no abrir la boca, ronco es el hablar mío.

Luego que calló el cojo, dijo el tuerto: — Señora,
pequeña es la pereza de que éste habló ahora;
hablaré de la mía, ninguna la mejora
ni otra tal puede hallar hombre que a Dios adora.

Yo estaba enamorado de una dama en abril,
-estando cerca de ella, sumiso y varonil,
vínome a las narices descendimiento vil:
por pereza en limpiarme perdí dueña gentil.

Aún más diré, señora: una noche yac�a 
en la cama despierto y muy fuerte llovía;
dábame una gotera del agua que caía
en mi ojo; a menudo y muy fuerte me hería.

Por pereza no quise la cabeza cambiar;
la gotera que digo, con su muy recio dar,
el ojo que veis huero acabó por quebrar.
Por ser más perezoso me debéis desposar.

— No sé — dijo la dueña — por todo lo que habláis
qué pereza es más grande, ambos pares estáis;
bien veo, torpe cojo, de qué pie cojeáis;
bien veo, tuerto sucio, que siempre mal miráis.

Buscad con quien casaros, pues no hay mujer que adore
a un torpe perezoso o de un vil se enamore.
Por lo tanto, mi amigo, que en tu alma no more
defecto ni vileza que tu porte desdore.

Haz a la dama un día la vergüenza perder
pues esto es importante, si la quieres tener, 
una vez que no tiene vergüenza la mujer
hace más diabluras de las que ha menester.

Talante de mujeres ¿quién lo puede entender?
 su maestría es mala, mucho su malsaber. 

Cuando están encendidas y el mal quieren hacer
el alma y cuerpo y fama, todo echan a perder.

Cuando el jugador pierde la vergüenza al tablero,
si el abrigo perdiere, jugará su braguero;
cuando la cantadora lanza el cantar primero
siempre los pies le bullen, mal acaba el pandero.

Tejedor y coplera nunca tienen pies quedos,
en telar y en el baile siempre bullen los dedos;
la mujer sin pudor, ni aun por diez Toledos
dejaría de hacer sus antojos y enredos.



Consejos  del  arcipreste  a las mujeres
Estrofas 892-909

Mujeres, las orejas poned a la lección,
entended bien el cuento, guardaos del varón;
cuidad no os acontezca como con el león
al asno sin orejas y sin su corazón.

Estuvo el león enfermo, dolíale la testa;
cuando la tuvo sana y la traía enhiesta,
todos los animales un domingo, en la siesta,
vinieron ante él a darle buena fiesta.

Presente estaba el burro; le nombraron juglar.
Como estaba muy gordo, comenzó a retozar
y, tocando el tambor, muy alto a rebuznar;
al león y a los otros les llegaba a atronar.

Con tal cazurrería el león fue sañudo,
en canal quiso abrirle, alcanzarle no pudó,
pues huyó el del tambor del caso peliagudo;
ofendióse el león con el gran orejudo.

El león dijo entonces que el perdón le daría;
mandó que le llamasen pues la fiesta honraría,
que cuanto le pidiese, tanto le otorgaría;
la zorra juglaresa dijo le llamaría.

Fuese la raposilla a donde el asno estaba
paciendo en cierto prado y así lo saludaba:
—«Señor —dijo—, cofrade, vuestra alegría honraba
la reunión que ahora no vale lo que un haba.

»Más vale el alboroto de vuestro buen solaz,
vuestro tambor potente y el ruido que haz
que toda nuestra fiesta; al león mucho plaz
que volváis a tocarlo sin recelo y en paz.»

Creyó vanos halagos; él escapó peor.
A la fiesta se vuelve bailando el cantador;
no conocía el burro las mañas del señor,
¡pagará el juglar necio el toque de tambor!

Como el león tenía sus monteros armados
prendieron a don Burro, como eran avisados.
Ante el león le trajeron: le abrió por los costados;
de perdón tan seguro son todos espantados.

Mandó el león al lobo, con sus uñas parejas,
que lo guardase entero, mejor que a las ovejas;
al marcharse el león por una o dos callejas,
el corazón el lobo se comió y las orejas.

Cuando volvió el león, ansioso del bocado,
al lobo reclamó el asno encomendado.
Sin corazón ni orejas lo trae, desfigurado;
el león contra el lobo se enojó muy airado.

Dijo el lobo al león que el asno así naciera,
pues, si de corazón y orejas dispusiera,
las mañas del león oyera y comprendiera,
pero no los tenía y por ello acudiera.

Así, señoras mías, entended el romance;
de amor loco guardaos, que no os coja ni alcance.
Abrid vuestras orejas, el corazón se lance
al amor de Dios, limpio, loco amor no lo trance.

La que, por desventura, es o ha sido engañada,
evite otra ocasión de caer en celada;
de corazón y orejas no quiera ser privada,
en ajena cabeza resulte escarmentada.

De las muchas burladas aviso y seso tome,
no quiera el amor falso, loca risa no asome.
Al asno confiado, el lobo, al fin, lo come;
(no me maldiga alguno; esto no se le encone).

De la charla peligrosa huya la niña hechicera,
pues de un granito de agraz resulta una gran dentera,
de una nuez muy chica nace gran árbol de gran noguera;
 muchas espigas produce un grano de sementera.

Por todo el pueblo circulan sobre ella los decires,
muchos, después, la difaman con escarnios y reíres;
mujer, si te digo esto no te enojes ni te aíres,
 mis cuentos y mis hazañas ruégote que bien los mires.

Aplícate bien la historia de la hija del endrino;
la conté por darte ejemplo, y no porque a mí avino.
Guárdate de vieja falsa, de bromas con mal vecino;
no estés con un nombre a solas ni te acerques al espino.



AVENTURAS CON LAS SERRANAS
LA SERRANA FEA, ALDARA
Hace siempre mal tiempo en la sierra y en la altura,
o nieva o está helando, no hay jamás calentura;
en lo alto del puerto sopla ventisca dura,
viento con gran helada, rocío y gran friura.
Desde que yo nací no pasé tal peligro:
llegando al pie del puerto me encontré con un vestiglo
el más grande fantasma que se ha visto en el siglo,
yegüeriza membruda, talle de mal ceñiglo.
Con la cuita del frío y de la gran helada,
le rogué que aquel día me otorgase posada.
Díjome que lo haría si le fuese pagada;
di las gracias a Dios, nos fuimos a Tablada.
Sus miembros y su talle no son para callar,
me podéis creer, era gran yegua caballar;
quien con ella luchase mal se habría de hallar,
si ella no quiere, nunca la podrán derribar.
Tenía la cabeza mucho grande y sin guisa,
cabellos cortos, negros, como corneja lisa,
ojos hundidos, rojos; ve poco y mal divisa;
mayor es que de osa su huella, cuando pisa.
Las orejas, mayores que las del añal borrico,
el su pescuezo, negro, ancho, velludo, chico,
las narices muy gordas, largas, de zarapico,
¡sorbería bien pronto un caudal de hombre rico!
Su boca es de alano, grandes labios muy gordos,
dientes anchos y largos, caballunos, moxmordos;
sus cejas eran anchas y más negras que tordos.
¡Los que quieran casarse, procuren no estar sordos!
Mayores que las mías tiene sus negras barbas;
yo no vi más en ella, pero si más escarbas,
hallarás, según creo, lugar de bromas largas,
aunque más te valdrá trillar en las tus parvas.
Mas en verdad yo pude ver hasta la rodilla,
los huesos mucho grandes, zanca no chiquitilla;
de cabrillas del fuego una gran manadilla,
sus tobillos, mayores que los de una añal novilla.
Más anchas que mi mano tiene la su muñeca,
velluda, pelos grandes y que nunca está seca;
voz profunda y gangosa que al hombre da jaqueca,
tardía, enronquecida, muy destemplada y hueca.
Es su dedo meñique mayor que mi pulgar,
son los dedos mayores que puedes encontrar,
que, si algún día ella te quiere espulgar,
dañarán tu cabeça cual vigas de lagar.
Tenía en el justillo las sus tetas colgadas,
dábanle en la cintura porque estaban dobladas,
que, de no estar sujetas, diéranle en las ijadas;
de la cítara al son bailan, aún no enseñadas.

OTRA SERRANA


Pasando una mañana por el puerto de Malagosto
salteome una serrana a la asomada del rostro,
«Fa de maja», dis' «¿dónde andas, qué buscas o qué demandas
»por aqueste puerto angosto?»

Díxele yo a la pregunta: «Vome fasia Sotos albos.»
Dis: «El pecado barruntas en fablar verbos tan blavos:
»que por esta encontrada, que yo tengo guardada,
»non pasan los omes salvos.»

Paróseme en el sendero la gaha roín heda:
«Alahe,», dis', «escudero, aquí estaré yo queda:
»fasta que algo me prometas, por mucho que te arremetas
»non pasarás la vereda.»

Díxele yo: «¡Por Dios, vaquera, non me estorves mi jornada,
»tírate de la carrera, que non tray para ti nada.»
Ella dis: «Dende te torna, por Somosierra trastorna,
»que non avrás aquí posada.»

La chata endiablada, que Santillán la confonda,
enaventome el dardo, dis: «Por el padre verdadero
»tú me pagarás hoy la ronda.»

Fasía nieve e granisaba, díxome la chata luego,
fascas que me amenasaba: «Págam', si non, verás juego.»
Díxel' yo: «Pardiós, fermosa, desirvos he una cosa:
»más querría estar al fuego.»

Dis': «Yo te levaré a casa, e mostrarte he el camino,
»faserte he fuego, e blasa, darte he del pan e del vino
alahé, promed algo, et tenerte he por fidalgo:
buena mañana te vino.»

Yo con miedo et arresido prometil' una garnacha,
et mandel' para el vestido una broncha et una pancha:
ella dis: «Dam' más, amigo, anda acá trota conmigo,
»non ayas miedo al escacha.»

Tomome resio por la mano, en su pescueso me puso
como a çurrón liviano, e levom' lo cuesto ayuso,
«¡Ha de duro! Non te espantes, que bien te daré que yantes,
como es de la sierra uso.»

Púsome mucho ayna en una venta con su enhoto,
diome foguera de ensina, mucho gaçapo de soto,
buenas perdiçes asadas, fogaças mal amasadas,
et buena carne de choto.

De buen vino un quartero, manteca de bacas mucha,
mucho queso asadero, leche, natas e una trucha;
dise luego: «¡Ha de duro! comamos d'este pan duro
»después faremos la lucha.»

Después fui un poco estando, fuime desatirisiendo,
como me iva calentando, ansí me iva sonriendo,
oteome la pastora, dis': «Ya compañero agora,
»creo que vo entendiendo.»

La vaquera trabiesa dis:' «Caminemos un rato
»liévate dende apriesa, desvuélvete de aques'hato.»
Por la muñeca me priso, ove de faser quanto quiso,
creo que fis' buen barato.





TROTACONVENTOS


Busqué trotaconventos, cual me mandó el Amor, 
de entre las más ladinas escogí la mejor.
¡Dios y la mi ventura guiaron mi labor!
Acerté con la tienda del sabio vendedor.

Pude dar con la vieja que había menester,
astuta y muy experta y de mucho saber; 
ni Venus por Pánfilo más cosas pudo hacer
de las que hizo esta vieja para me complacer.

Era una buhonera de las que venden joyas; 
éstas echan el lazo, éstas cavan las hoyas.
Son estos viejos sapos, con sus sabias tramoyas, 
quienes dan el mazazo: te conviene que oigas.

Siguiendo su costumbre, estas tales buhonas
andan de casa en casa, vendiendo muchas donas;
nadie sospecha de ellas, están con las personas,
mueven, con sus soplidos, molinos y tahonas.

Tan pronto fue a mi casa esta vieja sabida,
díjele: —«Buena madre, seáis muy bien venida,
en vuestras manos pongo mi salud y mi vida,
si no me socorréis, mi vida está perdida.

»Mucho bien de vos dicen, todo justificado,
de favores que hacéis al que os llama, ¡cuitado!,
 del triunfo que consigue el por vos ayudado;
por esta vuestra fama, por esto os he llamado.

»Quisiera confesarme con vos, en confidencia,
toda cosa que os diga, oídla con paciencia;
que nadie más que vos conozca mi dolencia».
 Dijo la vieja: —«Hablad, tened en mí creencia.

»Conmigo, tranquilamente, el corazón destapad;
haré por vos cuanto pueda, os guardaré lealtad.
 Oficio de recadera es de gran intimidad,
más tapadas encubrimos que mesón de vecindad.

Si a cuantos en esta villa les vendemos sus alhajas
supiesen unos de otros, habría grandes barajas;
reacias bodas unimos en un quita allá esas pajas,
muchos panderos vendemos sin que suenen las sonajas».

Yo le dije: —«Amo a una dama más que a todas cuantas vi.
Ella, si es que no me engaña, parece que me ama a mí;
para evitar mil peligros, hasta hoy mi amor escondí.
Todo lo temo en el mundo y mucho siempre temí.

De pequeña cosa nace rumor en la vecindad;
ya nacido, tarde muere, aunque no sea verdad,
y crece de día en día con la envidia y falsedad;
poco le importa al mezquino lo que sea mezquindad.


Aquí vive, es mi vecina; os ruego que allá vayáis
y que habléis con ella a solas lo que mejor entendáis;
encubrid este negocio todo lo más que podáis,
esmeraos en el acierto cuando nuestro amor veáis».

Dijo: —«Acudiré a la casa donde mora la vecina;
e hablaré con tal encanto, con labia tan peregrina,
que sanará vuestra llaga gracias a mi medicina.
Decidme quién es la dama». Yo le dije: —«Doña Endrina».

Dijo serle conocida la dama, según su cuenta.
Yo dije: —« ¡Por Dios, amiga!, no provoquéis la tormenta».
Dijo ella: —«Si fue casada no dudéis de que consienta,
 ya que no ha mula de albarda que la alforja no consienta.

La cera, que es cosa dura, muy desabrida y helada,
después de que, entre las manos, mucho tiempo es amasada,
cederá con poco fuego, cien veces será doblada;
toda mujer se doblega cuando está bien hechizada,

Acordaos, buen amigo, de lo que decirse suele:
si el trigo está en el molino, quien antes llega, antes muele.
Mensaje que mucho tarda, a muchos hombres demuele;
el hombre que bien razona, tanto tiempo no se duele.


La buhona con su cesto va tañendo cascabeles
y revolviendo sus joyas, sus sortijas y alfileres.
Decía: — ¡Llevo toallas!¡Compradme aquestos manteles!